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09.Apr.2025 10:03
Pez cebra es un gran aliado en el estudio del autismo y trastornos neuronales: IICE / UV

Gracias a su similitud genética con los humanos, el pez cebra –originario del sudeste asiático–, se ha convertido en un gran aliado en el estudio del autismo y otros trastornos del neurodesarrollo en el Instituto de Investigaciones Cerebrales (IICE) de la Universidad Veracruzana (UV), en donde ya se realizan estudios para observar los cambios en el eje intestino-cerebro-microbiota.




¿Cómo un pez se va a parecer a nosotros? Pues sí, hay una homología importante: compartimos 70 por ciento de los genes. Eso hace que su importancia en el laboratorio sea comparable al modelo murino, que usa ratones en experimentos, explicó la investigadora Flower de María Caycho Salazar, quien comenzó a trabajar con esta especie en 2021.

En entrevista con La Jornada, explicó que la principal ventaja del pez cebra es que tiene una alta tasa de reproducción: una hembra puede poner cientos de huevos a la vez, lo que permite trabajar con grandes muestras. Además, su mantenimiento en el laboratorio es menos costoso en comparación con otros modelos animales.

Caycho Salazar se propuso emplear esta especie para investigar el sistema nervioso entérico (SNE), responsable de regular el funcionamiento del tracto gastrointestinal. Conocido como el segundo cerebro, este sistema opera de manera semiautónoma y contiene millones de neuronas, casi tantas como la médula espinal.

Diversos estudios sugieren que muchas personas con trastornos del espectro autista (TEA) presentan síntomas gastrointestinales como dispepsia, estreñimiento o diarrea. Además, la literatura científica indica que una dieta adecuada tiene un impacto directo en la función del sistema nervioso en general, comentó.

Agregó que ciertos nutrientes pueden favorecer la neurogénesis, el proceso mediante el cual se generan nuevas neuronas en el cerebro, y mejorar la plasticidad neuronal, la capacidad del cerebro para cambiar y adaptarse en respuesta a la experiencia, el aprendizaje o el daño.

“Mi experimento consistió en administrar un fármaco al pez cebra para inducir algunas características y comportamientos tipo autismo (fenotipo), y después exponerlo a ambientes enriquecidos –un entorno de laboratorio diseñado para estimular a la especie, imitando elementos de su hábitat natural–. Quería observar si había cambios en el eje intestino-cerebro-microbiota”, apuntó.

Si bien el estudio no evidenció modificaciones estructurales en el SNE, Caycho Salazar comprobó que el ambiente enriquecido sí influía en su desarrollo: los peces mostraron intestinos más largos y anchos, así como un aumento en el número de neuronas entéricas.

Es un hallazgo que requiere más investigación, pero abre nuevas líneas de estudio, dijo.

Por su parte, Bernardo Sebastián Flores Prieto, doctor en investigaciones cerebrales de la UV, empleó el pez cebra para estudiar la neurobiología del autismo y el impacto de los ambientes enriquecidos como posible tratamiento no farmacológico para mejorar la sintomatología del TEA.

Esta especie es muy sociable, forman cardúmenes de hasta 200 individuos en la naturaleza y en el laboratorio podemos replicar grupos bastante grandes. Eso nos permite analizar su conducta social, una de las principales áreas que más afecta a las personas con autismo, mencionó.

Al inducir en los peces un modelo de autismo, desarrollan comportamientos repetitivos, reducen su interacción social y presentan alteraciones locomotoras, análogas a algunas manifestaciones del TEA en humanos. Sin embargo, la exposición a ambientes enriquecidos aumentó su conducta social, incrementó el tamaño del cerebelo y el número de neuronas, y favoreció una mayor presencia de ciertas proteínas relacionadas con la plasticidad neuronal.

Si bien los cambios no revierten a 100 por ciento el modelo de autismo, sí hay una mejora significativa, afirmó Flores Prieto. Esto sugiere que los factores ambientales pueden jugar un papel clave en el desarrollo neurológico y que la intervención temprana podría ser una de las mejores alternativas.

El equipo del IICE, liderado por el neurobiólogo Jorge Manzo Denes, acotó que estos estudios se encuentran en el terreno de la ciencia básica y aún no pueden trasladarse a tratamientos en humanos. Sin embargo, los hallazgos respaldan la propuesta de que estrategias no farmacológicas, como la estimulación sensorial temprana, podrían ser alternativas viables para mejorar la calidad de vida de personas con TEA.

Aunque aún estamos lejos de aplicaciones clínicas, el pez cebra sigue demostrando ser un aliado invaluable en la investigación del autismo y otros trastornos del neurodesarrollo, destacó Caycho Salazar.

Información: La Jornada

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