La verdadera discusión no es quién ocupa una dirección, sino qué institución estamos construyendo para los jóvenes.
Por Mario Álvarez Porras
Hay algo que suele ocurrir cuando termina un gobierno: cambian los nombres, los equipos y las prioridades. Lo difícil es saber qué permanece.
En Camargo vale la pena pensar en eso cuando hablamos de los jóvenes.
Jorge Aldana encabeza la administración municipal 2024–2027, después de haber regresado al cargo para un segundo periodo. Más allá de las diferencias políticas, una administración también debería medirse por aquello que consigue dejar funcionando cuando cambian las personas.
En enero de 2026, ImpactoNoticias informó sobre el cierre de las oficinas del Instituto Camarguense de la Juventud y la solicitud de su reapertura. La misma información señaló que Chidamente continuaba atendiendo a usuarios que ya formaban parte del programa.
El asunto podría quedarse en una discusión sobre una oficina cerrada. Pero sería una discusión demasiado pequeña para un problema que es mucho más grande.
La pregunta de fondo es qué esperamos de una institución municipal dedicada a los jóvenes.
Una oficina puede tener un espacio, un responsable y una agenda de actividades. Una institución necesita algo más: continuidad, objetivos, recursos, seguimiento y la capacidad de saber si lo que hace realmente está funcionando.
La legislación estatal en materia de juventud establece que las políticas públicas dirigidas a este sector deben considerar aspectos como la participación juvenil, la evaluación de programas y la atención de temas como educación, empleo, primer empleo, prácticas profesionales y emprendimiento. No se trata solamente de organizar actividades: se trata de construir condiciones para que los jóvenes puedan desarrollar sus proyectos de vida.
Y Camargo tiene mucho con qué trabajar.
La industria, el campo, el comercio, los servicios y las instituciones educativas forman parte de la vida cotidiana del municipio. En esos sectores existen conocimientos, empleos y oportunidades que pueden acercarse a los jóvenes mediante capacitación, prácticas profesionales, emprendimiento y vinculación laboral.
El Ayuntamiento no tiene que hacerlo todo. Quizá una de sus mayores responsabilidades sea conseguir que quienes ya tienen algo que aportar encuentren la manera de trabajar juntos.
Eso también cambia la forma de entender la participación juvenil.
Escuchar a un joven no es solamente darle un micrófono. Si presenta una propuesta, merece una respuesta. Si participa en un Consejo o en un Cabildo Juvenil, debería saber qué ocurrió después con sus ideas.
De poco sirve pedir participación si al final nadie explica qué pasó con aquello que se escuchó.
Por eso, si en 2027 existe la oportunidad de fortalecer nuevamente la política municipal de juventud, no tendría mucho sentido limitarse a recuperar una oficina. Sería una oportunidad para mirar lo que existe, reconocer lo que funciona, corregir lo que no y construir sobre lo aprendido.
También será importante quién esté al frente. Pero más importante que el nombre será la capacidad de entender que una dirección de juventud no debería trabajar aislada de las escuelas, las universidades, las empresas y los propios jóvenes.
Ahí pueden encontrarse experiencias distintas.
La educación permite conocer de cerca las dificultades de los estudiantes. La investigación obliga a buscar evidencia antes de decidir. La formación humanística ayuda a preguntarnos por las consecuencias de nuestras decisiones. Y la experiencia laboral recuerda que una buena idea solamente tiene valor cuando puede convertirse en un resultado.
Son caminos diferentes que pueden llevar a una misma forma de trabajar: escuchar, entender y actuar.
Pero ninguna institución debería depender de una sola persona.
Un director puede cambiar. Un programa no debería desaparecer por eso. Puede cambiar un gobierno y, aun así, la experiencia acumulada tendría que servirle al siguiente. Puede llegar otra administración sin que los jóvenes tengan que empezar nuevamente desde cero.
Los gobiernos terminan. Los funcionarios cambian. Los nombres pasan.
Las instituciones permanecen.
Por eso, pensar en 2027 no debería reducirse a preguntar quién ocupará una dirección. La discusión más importante es qué queremos encontrar cuando llegue ese momento.
Camargo puede volver a tener una oficina para los jóvenes. Eso sería apenas el comienzo.
Lo verdaderamente importante estará detrás de esa puerta.
Si encontramos una institución que escucha, acompaña, conecta oportunidades y permite que los jóvenes participen en las decisiones de su municipio, entonces habremos construido algo que pueda sobrevivir a una administración.
Y quizá ése sea el verdadero reto: no volver simplemente a abrir una puerta, sino tener la visión suficiente para decidir qué queremos construir detrás de ella.
Mario Álvarez Porras
Columna de opinión.
Fuentes consultadas: ImpactoNoticias; Ley de Juventud para el Estado de Chihuahua; Periódico Oficial del Estado de Chihuahua.
Las propuestas para 2027 son planteamientos editoriales del autor.